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Poética deambulante

- Joseph Robertson -

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Voy tanteando el terreno, palpando con devoción libros y más libros, oliendo los restos de sus respectivos métodos de producción, filtrando hasta el cerebro la lisura de su vestimenta, y a veces congestionándome los pulmones de consideraciones subjetivas sobre cómo se sintieran los autores en el momento textual.

Soy bibliófilo, pues. Eso ya se sabe. Todos me regalan libros, y se lo agradezco, o piden antes si quisiera yo algún libro especial, porque con aquella biblioteca...

Me he sentido viejo, anciano, desde el primer instante de conciencia del que tengo recuerdo alguno. La vejez, a través del instinto, o mejor dicho, alrededor del deseo de saber y conocer, un resucitar de conectividad mundana, yacía ya dentro de la juventud. Tal como la juventud, en forma del yo trascendente, pareciéndose al mismo sentido de haberla perdido, se mete justo en el cruje de la vejez.

Siempre me he parecido mayor. Mayor que mi cuerpo. Mayor que mi sangre. Mayor que la tierra. Dirán que estoy sonando por hacerlo las honduras de la decepción ontológica. Dirán que me creo alquimista. Responderé con un guiño. Primer rasguño de mi alfabeto interno. Asentimiento, quizás. ‘A’ mayúscula, obedeciendo un parentezco de vapores. Quizás otra suerte de silencio.

¿Me defiendo? No. No sé quién podría querer montar el asalto. No me siento ofendido, pero abierto, sí. Estoy abierto al cantar incesante de la nada. Abierto al resonar espinoso de un traje gris, que atraviesa temoroso la tierra, y sin dueño.

Estoy abierto, desde riñón hasta uña, a la consecuencia de los vientos. Con mi abertura estudio sonidos que ya se han disuelto en otro vaso temporal, en otras ciudades. Me estudio a mí mismo en ecos apócrifos. Resucito ecos condenados. Intento trasladar lo que resucito a una formalidad expresiva.

Es un ejercicio que hago, muchas veces. A ver: ¿cuántos nombres tendrá esa hoja suelta? La cubriré con impresiones de todos aquéllos que adivino. Será un tratamiento descriptivo de alguién. Lo publicaré. Ese alguién se reconocerá. El mundo será amplificado. Seremos más ricos, más cercanos a la resucitación completa.

Paso mis días así: lujurioso, envuelto en mi cópula bibliófila, recavando en la canción incesante de la nada, definiendo espacios dentro de los cuales continuará la vida. La vida para beber más vida, para continuar.

En una taza de café bebo violines agridulces. Con el andar de la pluma bebo el cálculo de mi días. Con rezos a ninguno como vaso hábil bebo la imposibilidad de reinato. Estructuro anchuras amables para meditar continentes ajenos.

Selecciono mis buques conversantes, delineantes, delirantes, con motivos de plantar pie en continentes ajenos. ¿Por qué no fructificar el jardín cerrado con el catálogo de otro pasado?

Encuéntrame, si es posible; encuéntrame, si algo soy. El horizonte cruje bajo la inseguridad de lo no-ya-visto. Son de metales sospechosos las luces del engaño. La palabra debe de ser, como entenderá cualquier bibliófilo verdadero, la primera ayuda en perforar este mundo que es nomás engaño.

La misma voz es una poética deambulante, amplificándose concorde con los dolores del día. La voz se convierte en baile que decimos vida, y vice versa. El misterio humano se puede resumir en ese mecanismo de la vocalización, una biografía entera luchando por desarrollarse. O sea, somos transformaciones que llegan a ser voz humana, búsqueda de significados y avance metafórico potable.

[ © 2000 Joseph Robertson ]

 


 

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