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TINTAS

ficción


 

Una promesa de alas

- Joseph Robertson -

 

Sucede que el momento en que uno entra en la más honda conciencia de que su entrada al Purgatorio es ya inminente, coincide con la decisión de por fin comenzar lo que uno ha demorado todas las mañanas de su vida en comenzar.  El Purgatorio resuena con una brutalidad silenciosa.  El paso es una transición frenética y espiral.  No quiero despedirme.  No puedo.  Nací carente de ese ingenio.  El fundamento zumba debajo de mis pies, un 'corazón tell-tale' universal.  No quiero negar a la existencia.  Ni de ésta ni de otra manera.

A Apolodoro vi, esta tarde.  Lo vi posado en la rama de un árbol, frente a la iglesia, bañado en los estremecidos naranjas del ocaso.  Un ejército de plumas en descanso, me miraba con abundante pero plácida sospecha.  Aquel protector de lo inocente y lo limpio, aquel conductor de lo visionario y lo libre, había venido para comunicarse conmigo.  Yo, un agente de esta civilización industrial, envuelto en los gestos categóricamente sospechosos de nuestra manía rutinaria, pasando por el terreno sin darme cuenta ni de que vivía, yo había invadido el dominio de su placer.   Porque era él que quería verme a mí.

Ése fue el primer mensaje que distinguí en el aire que vacilaba entre nosotros.   Apolodoro, creador del barro, de la neblina y de arenas cameleones, había venido para limpiarme el día, y yo experimentaba el regalo de su presencia con un miedo a un aire que vacilaba. 

Ése fue el segundo mensaje: el reconocimiento del miedo.  Había, habría que sondar fondo, suelo firme, porque no sentía nada parecido.  El fundamento de todo zumbaba debajo de mis pies.  Sentí estorbarse la solidez del ambiente.  Hasta la iglesia cogía un ritmo en este escalofrío amplio del momento. 

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Hacia la vida fantástica

- Joseph Robertson -

 

La primavera se acerca. Mis pulmones lo sienten. El aire ha logrado una firmeza más líquida. Un paso tras otro, voy entrando en un rumor de Barcelona.

Llueve.

El día, como tantos días ibéricos, está encinto de secretos desarrollos de lo que habita sólo en la mente, en las emociones. Quiero decir que encuentro que vivo vertiginosamente al borde de la posibilidad. Confirmé, hace una semana, conversando con una amiga de mi estancia en Barcelona, que vivo, por elección, en la fantasía. No es nada malo, ningún pecado intelectual... lo contrario, es una representación de la fe que uno puede guardar para el intelecto. Confío en que un día lo que habita sólo en la mente, en las emociones, ese razonamiento oscuro, esa sabiduría fecunda, puede convertirse en actividad verdadera del mundo... lo que llamamos ‘mundo’.

Creo que, al final, habrá servido de método fructífero este vivir entre fantasías, pero muchas veces siento que puede ser una ofensa contra los seres queridos. Si me preguntáis qué me pasa, cómo es la sustancia de mis días, quién soy, contesto con un raudal de sugerencias efímeras que pueden a su vez parecer nomás frustración dialogada o mecanismo de flotación. Y de hecho, cada mañana me acerco a la vida con estrategias abstractas y variantes que sirven para hacer que siga quieto encima de la marea que se me va creando, aumentándose con cada día que pasa.

Me acuerdo de que solías hablarme de los puertos que podría visitar en esta vida, de los amores que allí me esperasen, y entretejido con ese recuerdo, una confesión de que sí, en efecto, vivo como marinero. Para mí, todos somos marineros y llevamos el océano dentro.

El océano se viste con nosotros.

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